Post original de Puerta de Embarque
La muerte de Steve Jobs ha convertido la red en un maremágnum de sentidas églogas a esta especie de Leonardo Da Vinci o nueva divinidad de la tecnología. Unas ensalzan su faceta de genio seductor y creativo, con capacidad de crear todo un estilo de vida e insuflar belleza a máquinas que carecían de encanto hasta que fueron bendecidas por su toque mágico. Otras, alaban su infinita facilidad para transmitir la pasión por lo que hacía, su carisma, la fuerza de su oratoria o su inteligencia al introducir en los productos algo tan aparentemente simple como diseño y sencillez.
Al margen de todas estas caras del personaje, nosotros queremos quedarnos con cómo (entre todas otras muchas cosas) Steve Jobs ha cambiado el modo en que viajamos.
La propagación de gadgets (de Apple y del resto marcas) ha convertido en comunes hábitos como reservar plaza en un hotel o buscar en el mapa el restaurante vegetariano más cercano a nuestra ubicación con nuestro iPhone. La industria turística ha tomado nota del fenómeno manzanita y se deshace en guiños hacia sus clientes, como incluir en sus habitaciones accesorios de todos los productos Apple a disposición de los huéspedes. Eso por no hablar de la invasión de guías de viaje para todo tipo de smartphones o inspiradoras aplicaciones de iPad como Ebookers Explorer. Desde que empezamos a planificar dónde vamos hasta cómo la geolocalización nos ayuda a movernos sobre el terreno pasando por cómo contamos nuestros viajes a los demás, la herencia de Steve Jobs nos ha dejado una profunda huella.
MOVILIDAD: LA MARCA DE STEVE JOBS
Fernando Gallardo, experimentado periodista de viajes y geek confeso, tiene claro en qué ha consistido el protagonismo del fundador de Apple en esta transformación: Steve Jobs apostó por la movilidad en sus productos y, a partir de ellos, creó un mundo más excitante y viajero. “Si hay algo que represente el concepto de lo móvil es el viaje”, sentencia. Al preocuparse por sacar a la calle y colocar en nuestros bolsillos las intuitivas maquinitas de Apple, nos dio las herramientas necesarias para compartir en tiempo real todo lo que hacíamos. También viajar.
“Se ha creado una nueva cultura del viaje que no es la de la ruptura, el sosiego o la huida del mundanal ruido”, opina el periodista. Frente a la desconexión que hasta ahora se asociaba con el acto de viajar, surge una conexión continua que nos permite ir relatando nuestra experiencia minuto a minuto. “La comunicación con otros individuos otras culturas es permanente, sin importar dónde estén, lo que convierte el viaje en una experiencia más universal y global”, continúa.
Antes, freíamos a nuestros amigos con temibles y exhaustivas sesiones de ‘Merienda en casa + las 1.000 fotos de nuestras vacaciones en Punta Cana’. Ahora, desde los rincones más remotos, tuiteamos lo que estamos haciendo, subimos fotos a Facebook de la paradisiaca playa en la que nos tostamos al sol o hacemos un check-in en Foursquare para compartir nuestra ubicación con nuestros contactos. Lo que tradicionalmente se hacía ‘después de‘ ahora se lleva a cabo ‘durante‘.
El relato del viaje no sólo sufre una modificación en lo textual, sino también en lo gráfico. La narración cambia incluso para algo tan aparentemente estático como los paisajes. Instagram, la exitosa aplicación de imágenes para iPhone (que justo hoy cumple un año), ha transformado la forma en queretratamos monumentos e imágenes de nuestros viajes. Ahora, álbumes de viajes enteros están compuestos por fotografías con el característico efecto ‘envejecedor’ que, paradójicamente, procede de dispositivos de última generación. “Es como si más que fotografiar con fidelidad el presente quisiéramos que el presente pareciera un recuerdo”, opina sobre este cambio el periodista especializado en fotografía Ramón Peco.
Incluso se han transformado fisonomías relacionadas con el viaje que nos parecían prácticamente inmutables. Por ejemplo, la típica estampa de tediosa espera en las puertas de embarque de los aeropuertos. Ahora, al cobijo de la red wi-fi, cada vez son más los pasajeros que han sustituido el periódico o el best seller de turno por sus teléfonos y tabletas y aguardan la llegada del avión dando los últimos retoques a sus inminentes rutas. O, si ya están de vuelta, hojean con el dedo las fotografías de su ya finalizado viaje con ese halo de tristeza y cansancio tan característico de cualquier final de vacaciones.
Otro ejemplo de cómo el carácter móvil de los productos de Apple ha trascendido al mundo del viaje es el iPod. Esgrimiendo el titular perfecto (“miles de canciones en tu bolsillo”), Jobs consiguió que este pequeño dispositivo se convirtiera en un complemento casi imprescindible en cualquier maleta y el lugar donde habitan todas las playlist y bandas sonoras de nuestros viajes.
Este conjunto de cambios, ¿suponen una ventaja o son más bien una perversión? Depende. Al equipo de Condé Nast Traveler nos permite hacer mejor nuestro trabajo cada vez que viajamos. Por ejemplo, ahora a los periodistas nos resulta más sencillo comunicarnos con la redacción, anticipar nuestras experiencias compartiendo imágenes y vivencias, contratiempos y aciertos, de tal manera que podemos hacer intercambio de sugerencias, ideas y soluciones entre la oficina y cualquier rincón del mundo. Y el que prefiera alejarse del ruido y el estrés tecnológico siempre puede apretar el botón de ‘off’.
Por todo eso, gracias, Jobs: has contribuido a que contar cómo viajamos sea más bonito y, sobre todo, más fácil.
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